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La noche caía y la escuela se transformaba en un refugio secreto para nuestros encuentros prohibidos.
Su falda corta se convertía en una invitación a la transgresión a desafiar todas las reglas.
Sus manos explorando mi cuerpo despertaban cada fibra una danza de piel y deseo.
La intensidad crecía con cada momento escondido la necesidad de más era innegable.
Me arrastró hacia el escritorio sus ojos clavados en los míos una promesa de placer.
Su falda arrugada sobre mi regazo un mapa de deseo que me volvía loco.
Cada suspiro suyo era una melodía que me invitaba a más a explorar sus profundidades.
Sus piernas se abrieron invitándome a entrar a poseerla por completo en ese templo prohibido.
El sonido de nuestros cuerpos al unirse resonaba en el vacío del aula un eco de nuestra pasión.
Sus manos se aferraban a mí buscando una un punto de anclaje en la vorágine del placer.
El clímax llegó como una descarga eléctrica dejándonos sin aliento en el escritorio.
Al día siguiente ella lucía una sonrisa enigmática un cómplice de nuestro pecado. 
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